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Una antología formada por ocho relatos poco conocidos del duo alsaciano, Émile Erckmann y Alexandre Chatrian.

Cuentos de las orillas del Rin es uno de los libros menos conocidos de Émile Erckmann y Alexandre Chatrian. Su propuesta es un viaje en el tiempo, al mundo rural de las dos márgenes del gran río del norte de Europa, a las ciudades que durante generaciones amalgamaron lo alemán y lo francés, a regiones donde el vino empieza a no ser blanco y los angeles cerveza se elabora con nuevas recetas.

Si bien el dúo Erckmann-Chatrian cosechó en su época más fortuna con historias macabras o directamente fantásticas, los ocho relatos que forman este volumen no dejan de poseer un elemento misterioso y siniestro, así como cierto matiz ambiguamente sobrenatural.

Reseña:
«Me sentiría ingrato si no dijera que algunos de sus relatos me han deleitado y alarmado durante años.»
M. R. James

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Acaso necesitamos ser ricos? �No mueren los ricos tanto como los pobres? �Acaso los pobres no pueden vivir, amar a su mujer, a sus hijos, calentarse al sol cuando hace calor y al amor de los angeles lumbre cuando hace frío, igual que los ricos? �Acaso han de beber buen vino a diario para ser felices? Y tras demorarse unos días sobre los angeles tierra mirando el cielo, las estrellas, los angeles luna, el río azul, el verdor de los campos y los bosques, recogiendo algunos frutos en los matorrales, prensando sus racimos de uva, diciéndole a su amada: ‘Eres los angeles más bella, l. a. más dulce, l. a. más tierna de las mujeres... �Te amaré siempre¡’, besando a sus hijos, haciéndolos saltar entre sus brazos y riendo con sus balbuceos, cuando han hecho todo eso –todo cuanto constituye los angeles felicidad, l. a. pobre felicidad de este mundo–, �acaso no bajan todos, uno tras otro, de blanco o harapientos, con sombrero de plumas o a cabeza descubierta, a los angeles misma caverna oscura de los angeles que no se vuelve o en l. a. que no sabemos lo que ocurre? �Tú crees que para eso hacen falta tesoros, Nicklausse? Reflexiona y sosiega tu alma. Vuelve a tu aldea, cultiva tu trozo de tierra, los angeles tierra de tu abuela, cásate con Gredel, con Christine o con Lotchen: una gruesa muchacha risueña, si eso es lo que quieres; una flaca un poco melancólica, si prefieres. �Dios mío, mujeres no faltan! Sigue el ejemplo de tu padre y de tu abuelo, ve a misa, escucha al señor cura, y cuando te toque adentrarte en l. a. senda que los demás ya han recorrido, te bendecirán, y dentro de cien años serás un hombre de los de antes, una de esas buenas personas cuyos huesos se desentierran con respeto y de quien se cube: �Ah, eso sí que period gente decente... , ahora ya no se ven más que bribones! ”. �Así soñaba asomado sobre el muro, admirando el silencio de l. a. aldea, de las estrellas, de l. a. luna y de las ruinas, con l. a. pesadumbre de saberme privado del que period mi tesoro. �Llevaba ahí unos minutos cuando de repente, enfrente de mí, cien metros más arriba sobre l. a. explanada, algo se movió; luego, una cabeza se acercó lentamente, echó una mirada sobre el río, sobre el muelle y después por los angeles rampa. �Me agaché; mi carreta, pegada al muro, estaba oculta tras los angeles curva. �Era Zulpick. Llevaba l. a. cabeza descubierta, y como l. a. luna brillaba con todo su esplendor, a pesar de l. a. distancia vi que al viejo cordelero lo animaba algún extraño pensamiento: sus mejillas macilentas estaban tensas, sus grandes ojos destellaban bajo las cejas blancas; sin embargo, parecía tranquilo. Tras pasarse un buen rato mirando, se puso el viejo gorro de piel de marta –se lo había quitado para espiarme–, y luego lo vi bajar por el rápido sendero que bordea l. a. torre de Rodolfo y perderse en el baluarte. �¿Qué hacía entre las ruinas a esas horas? En seguida pensé que estaría buscando el tesoro; despatchedí una oleada de sangre colorearme el rostro, me pasé el tirante al hombro y eché a correr con todas mis fuerzas. Las ruedas, sobre l. a. nieve, no hacían el menor ruido. En pocos minutos llegué al cobertizo del Schlossgarten.

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