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By Javier Marías

Con las noventa y seis columnas de este volumen, aparecidas en El País Semanal entre febrero de 2011 y febrero de 2013, Javier Marías cumple diez años de colaboración dominical en este medio.

Durante este tiempo se ha convertido en alguien primary para infinidad de lectores, que aguardan con impaciencia su dosis semanal de valentía, originalidad, argumentaciones sólidas, sentido del humor y excelente prosa. El periodo aquí cubierto es el de los angeles genuine obstacle económica y política, por lo que su tono es quizá más amargo que en otras ocasiones.

Pero en sus artículos también hay lo que el autor llama «treguas», de modo que el lector encontrará piezas emotivas o divertidas y siempre agudas: sobre los angeles muerte de su tío, el músico Odón Alonso, o el caso Strauss-Kahn, o los angeles nueva Ortografía de los angeles RAE, sobre cómo Mourinho lo ha llevado a ser menos madridista que nunca, o los premios literarios, o sus peripecias en una adusta librería de Viena, o los héroes de los tebeos de su infancia, o l. a. conmovedora carta de un lector...

Sin duda Tiempos ridículos enviará a l. a. papelera muchos recortes, porque eso es lo que muchos lectores hacen con las columnas de Javier Marías: las recortan y las guardan, para darse ánimos al releerlas y renovar el placer.

«Sí, vivimos tiempos ridículos. Lo peor es que en España los angeles mayoría de l. a. gente se siente en ellos como pez en el agua.»

Javier Marías

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A veces le afean a uno haber dicho lo que no ha dicho o callado lo que no ha callado, lo cual —todavía, lo reconozco— resulta un poco desesperante: �¿Qué diablos han leído o han creído leer? », se pregunta uno. �¿Es defecto mío (tan mal me sé explicar) o de ellos (saben leer, pero no entender un texto breve)? » Hay quienes se l. a. tienen jurada al columnista y no quieren atender a lo expresado por éste, sino que �deciden» cuál ha sido su postura o sus palabras, para así arremeter contra él. Un tipo de corresponsal con el que todos estamos familiarizados es el que toma invariablemente l. a. parte por el todo, el ejemplo por l. a. norma, el caso por los angeles generalidad. Si uno cuenta su desagradable experiencia con un funcionario, o con un taxista, o con un policía, habrá funcionarios, taxistas o policías que se den por aludidos y vean los angeles anécdota como un ataque international a sus respectivos gremios. A estos individuos susceptibles es a quienes menos atención hay que prestar. Pero para todo hay excepciones, y hace unos días me llegó una carta que en verdad me hizo desear no haber escrito una frase que escribí aquí hace siete semanas, aunque sólo sea por haberle causado un sinsabor a mi gentil remitente, que me hacía su reproche �sin acritud» y con extremada educación. El señor Josep Martí Barberà, de los angeles Masó (Tarragona), se quejaba de que en mi pieza �Adolescentes como bisabuelos» hubiera dicho de aquéllos (de los actuales, y a tenor de una encuesta reciente): �... en lo relativo a su concepción de las relaciones sentimentales o de pareja, son unas antiguallas, unos simples y unos catetos de mucho cuidado, y su visión es en esencia l. a. misma que l. a. que podían tener los campesinos más ignorantes y arcaicos bajo l. a. Dictadura de Primo de Rivera... » (de ahí que los asemejara a sus bisabuelos, ni siquiera a sus abuelos). Me cuenta el señor Martí que tiene ochenta y dos años, que desde los catorce ha trabajado en el campo, que su padre fue agricultor en tiempos de Primo de Rivera, �tenía libros, un diccionario y en el pueblo de cuatrocientos habitantes se “divertían” con su grupo de teatro, y como él muchos más. No period un hacendado sino un humilde agricultor». Amablemente, me incluye los angeles fotocopia de un cartel del eight de marzo de 1936 en el que se anuncia una de esas funciones («Grandiós esdeveniment teatral», se lee arriba), en cuyo reparto figura su progenitor. El señor Martí continúa (espero que no le moleste que lo cite; si sí, mil perdones): �No creo que usted pueda imaginarse lo feliz que me sentía, por los años cincuenta y sesenta, cuando ya antes de salir el sol me encontraba labrando l. a. vinya, con mi esposa todavía en esta cama, cuidando a mi rubita niña y mi robusto hijo, y soñando un día poder comprar aquella huerta de avellanas, yo que sabía contabilidad y escribir a máquina, no podía imaginar que alguien del lejano Madrid pudiera equipararme de “cateto”, “ignorante” y “arcaico”. He leído infinidad de veces, campesinos-ignorantes, como si otros obreros de las ciudades fueran más ilustrados...

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